Somos muertos de permiso

Empiezo con una cita (atribuida a Lenin, pero vete tú a saber), como hace Antonio Sánchez Lorenzo en el magnífico y original blog de citas ajenas Cita a las diez.

La mayoría de nosotros cree que sabe que va a morir. Pero no. No lo sabe. No lo sabemos.

Sí, en un nivel de razonamiento superficial nadie te va a discutir esa obviedad, a no ser en un hospital psiquiátrico. Pero sería absolutamente imposible que fuéramos como somos, que pensásemos como pensamos, que sintiéramos como sentimos, si realmente fuéramos conscientes de que nos vamos a morir, de que estamos aquí de paso.

Como dijo Lenin (o quien fuera), no somos vivos; somos muertos, y esto es un ínfimo sueño. A veces una pesadilla.

La maravillosa y sabia Rosa Montero avisa a navegantes desde uno de sus imprescindibles artículos.

Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera.

Claro, ella tampoco lo sabía.

Acabo de empezar la tercera temporada de A dos metros bajo tierra, magnífica serie que estoy devorando. He llegado tarde (la serie es de 2001), pero ha merecido la pena.

Los protagonistas son los cuatro miembros vivos (de momento) de la familia Fisher, propietarios de una funeraria que se aloja en su propia casa.

Art.128-Six-Feet-Under
A dos metros bajo tierra

Y claro, la muerte está muy presente, y es tratada con una inteligencia, sabiduría y sensibilidad poco o nada habituales. Hay personajes que viven en pantalla cuando ya están muertos, como Nathaniel Fisher, el padre, que muere en el episodio piloto y aparece de vez en cuando en la imaginación, o no, de sus tres hijos y su viuda. Extraordinario Richard Jenkins, por cierto.

La serie me ha hecho acordarme en más de una ocasión de algo que sucedió hace tiempo.

Cuando yo tenía veinte años, mi padre murió.

Fue inesperado, un accidente de tráfico mientras estaba trabajando en Francia. No estaba muy unido a él. No fue un gran padre. Cuando evoco su recuerdo veo principalmente escenas en las que estaba alcoholizado (como todo buen adicto fue un gran sufridor, e hizo sufrir a las personas que lo amaban). Pero era mi padre, y lo quería.

En un primer momento mi reacción fue tranquila. Era extraño, era doloroso, pero de alguna forma parecía que no iba conmigo.

No recuerdo bien qué fue exactamente lo que me dijeron, las explicaciones que me dieron, pero sí recuerdo que no me lo creía del todo. Esperaba que en cualquier momento alguien se me acercara y me dijera que no, que había sido una equivocación, un malentendido, que no estaba del todo muerto, que solo lo parecía, y que al fin habían caído en la cuenta de su error.

Luego fue duro, un torrente de emociones que un tipo de veinte años, inmaduro, totalmente perdido, inseguro, lleno de miedos, absolutamente incapaz de enfrentarse con la vida, no es el más indicado para gestionar.

Estuvimos esperando una semana por el cadáver.

Mi madre dormía en mi habitación, porque yo estaba acojonado. Tenía miedo de que el espíritu de mi padre se apareciese y me diera un susto de muerte (si se me permite la expresión). Deseaba con todas mis fuerzas que mi padre existiera en algún lugar, que su vida pudiera continuar en algún sitio, que alguien lo acogiera y le diera la paz que nunca tuvo.

Fue mi padre. No quiero ni imaginarme lo que hubiera sucedido si hubiese sido mi madre. Dudo que hubiera podido sobrevivir. No sin ella.

Esto de hablar de la muerte lo pone a uno un poco pesaroso, ¿no?  Y tampoco es para tanto según Rafael Santandreu, uno de mis gurús en mi de momento no demasiado exitoso (seguimos en la lucha) proceso de transformación personal.

Nos han hecho pensar que la muerte es algo feo, negativo, erróneo y trágico. Solo hay que visitar cualquier cementerio para experimentarlo. ¡Son lugares tétricos! Y la muerte es bellísima; es una función indispensable de la maravillosa vida y no hay nada de lo que lamentarse con respecto a ella.

Parece un tanto exagerado e ingenuo su entusiasmo por la muerte; pero, si somos sinceros, tendremos que reconocer que una visión más oscura y preocupada, además de no evitarla, te jode un poco la vida. Aún así, no lo veo claro.

Volvamos a A dos metros bajo tierra, que también habla del amor, de la familia, del sexo, del miedo (a la vida y a la muerte). De las jodidas cosas que importan de verdad. Ofrece una mirada reflexiva y profunda, con personajes y diálogos que te hacen pensar.

Una cliente de la funeraria, recién enviudada, les dice a Nate y David (los hermanos Fisher).

Para ustedes es un día cualquiera. No se dan cuenta de que podría suceder cualquier cosa. Y sucederá. Suele pasar. Hay tanto que queda sin decirse. Todo ha sido una pérdida de tiempo. Solo quiero que alguien me ayude a comprender. Que me ayuden. ¿Pueden ayudarme?

Una de las cosas que menos me gustan es que algunos, y digo algunos, personajes secundarios se acercan peligrosamente a la caricatura, son excesivos y te cuesta creértelos. Se le perdona. Todo. La serie tiene ganado el cielo. O el infierno.

Pero los cuatro protagonistas, Ruth (la madre), Nate, David y Claire (los hijos), están perfectamente desarrollados y muy bien interpretados, y la serie ofrece, a través de ellos, un poderoso nivel de profundidad. Hay momentos tan buenos que duelen. Hace pensar de verdad, te hace plantearte cosas, te remueve.

Alguien dirá: “yo no quiero que me hagan pensar, yo quiero llegar a mi casa y desconectar”. Pues que te jodan. Que te jodan, pero bien, como dijo David Simon, el creador de esa cosa tan genial llamada The Wire.

Quiero a esa familia. Amo a esa familia.

six-feet-under-nate
Nate Fisher y su padre muerto

Especialmente a Nate. Este tipo ofrece momentos de una profunda y compleja intimidad en las relaciones con su pareja, con su familia, con los vivos, con los muertos, consigo mismo, con sus miedos, sus ilusiones… Al menos en las dos primeras temporadas. El comienzo de la tercera me toca las narices. En un primer momento no sabemos si se ha vuelto gilipollas. Nate cambia. Ha tenido un bebé y se convierte en padre de familia. Parece que todo el tormento sereno que lo caracterizaba desaparece, y se convierte en un idiota común y corriente (igual estoy exagerando, pero este no es mi Nate). Entiendo que la paternidad cambia y todo el rollo ese, pero tienen que conservar su esencia. Maldita sea. No jodamos lo que está bien. De momento (llevo tres capítulos de la tercera) la serie ha pegado un bajón, pero confío en ella.

mricard2
Matthieu Ricard

Matthieu Ricard (otro de mis gurús), biólogo molecular francés convertido en monje budista, uno de los asistentes del Dalai Lama, y con el título oficioso de hombre más feliz del mundo, da una interesante clave.

Las personas prefieren desestimar la idea de la muerte, bloquearla de sus mentes e ignorarla hasta el último momento, diciéndose que cuando llegue, entonces se ocuparán. En efecto, esta actitud hace que no sepan cómo aprovechar la vida en su totalidad, al hacer esto olvidamos que estamos vivos; dicho de otro modo, olvidamos el valor de cada momento que pasa.

Amén.

Anuncios

3 comentarios en “Somos muertos de permiso

  1. alejandro

    Escapar de la muerte es como huir del invierno, la lluvia o la noche. Como cabrearse porque se pudrió la manzana y crecieron los hijos. Como escribió Borges, la vida eterna debe ser insoportable y, sobretodo, muy aburrida. La muerte pinta la vida de ocasión única a no desperdiciar. Y si, Richard Jenkins es la puta ostia.

    Le gusta a 1 persona

  2. Patricia

    Somos muertos de paso y lo sabemos pero no lo queremos saber. Formamos dramas por asuntos mucho más absurdos y cuando nos vemos frente a la Parca reacciones diversas, incredulidad, negación, aceptación….como las fases del duelo. La diferencia, en mi caso, es que como nihilista me duele en el alma la muerte de los que quiero pero mi mente “considera” que no puedo hacer absolutamente nada para cambiarlo y ante otros “dramas” mareo la perdiz. Recientemente me he enfrentado a ella y perdí la batalla y si he aprendido algo es que la típica y tópica frase de que la vida cambia en un instante no puede ser más cierta….así que intenta disfrutar de lo que realmente importa porque quizá mañana algo tan estúpido como recoger naranjas de un árbol acabe con todos tus sueños y proyectos. Quien sabe, ojalá me equivoque y haya algo más que un simple final.

    Le gusta a 1 persona

  3. chucho

    Acabo de descubrir tu blog y sé que tanto tú como tu madre sois dos personas extraordinarias.
    Adelante Daniel, vas a sacar adelante con éxito todo lo que te propongas.
    La muerte es consecuencia de la vida.
    Gracias por tu blog y por lo que me enseñas en él.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s