Primeras páginas de ‘La gabardina azul’

A continuación podréis leer el comienzo de La gabardina azul, mi primera novela. Y dejo aquí las primeras páginas, para que, los que no la hayáis leído, comprobéis si os interesa.

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La gabardina azul (Ediciones B)

En esta novela he puesto mucho. Mucho esfuerzo. Muchas lágrimas. Mucho amor. Los que me conocen bien saben que es algo muy personal, y, hasta ahora, la satisfacción por los resultados obtenidos no podría ser mayor.

Primero fue el éxito en Amazon, llegando al número 1, y ahora esta preciosa y cuidada publicación en papel por parte de Ediciones B.

 

PARTE 1

“Ah, la última vez que te vimos
parecías mucho más viejo,
tu famosa gabardina azul
estaba gastada en los hombros.”

Leonard Cohen, Famous Blue Raincoat

 

Me despierto aturdido.

Estoy en el suelo, en una posición difícil. El lado derecho de la cara presiona con fuerza el parqué y el cuello gira algo más de lo aconsejable para un entrenamiento de contorsionista novato aunque algo menos que el de la niña del exorcista.

Me quedo el primer minuto inmóvil ya que no quiero comprobar lo que pasará cuando intente levantarme. ¿Tendré algo roto? ¿Mi cuerpo se deshará bruscamente al regresar a una postura más convencional?

Un minuto. Tiempo suficiente para empezar a bucear en mis revueltos recuerdos de la noche anterior. Otra vez la misma historia, no.

No.

No quiero pensar, por ahora. Me levanto.

Apoyo la mano izquierda con fuerza en el suelo, de momento todo bien. Empujo lo necesario para levantar unos centímetros el torso y girar, oh sí, girar el cuello. Muy despacio. El cuello gira con normalidad. Apoyo la mano derecha y concentro en ambos brazos la poca energía de que dispongo. Empujo y comienzo a levantarme.

Estoy vestido de calle, con una camisa blanca, unos pantalones negros y botas de invierno. Vestido por Zara. Para la ocasión.

Ya estoy de pie. Al menos da la impresión de que todos los órganos vitales todavía me funcionan. Incluso el cerebro, aunque casi sería mejor que no. Parece que un estudiante de acupuntura estuviera haciendo prácticas en mi cabeza, dándome pinchazos a intervalos regulares.

Ibuprofeno. Dos pastillas.

Por un momento pienso que dos pastillas es mucho. Me da la risa. Me voy a cortar ahora con el ibuprofeno después de toda la tralla de la noche anterior. Dos pastillas está bien. Dos pastillas está de puta madre.

De momento no puedo pensar con esas agujas perforándome el cerebro, pero sé que cuando el dolor ceda comenzará un dolor mucho peor. Me recuesto en el sofá, presiono la cabeza contra el respaldo y espero a que así sea.

El séptimo vino fue la clave, con seis me hubiera ido a dormir.

Cuando tienes gasolina en las venas no debes jugar con fuego, y yo llevaba toda la semana jugando con él como si fuera un jodido faquir. En el límite. Seis vinos cada noche, un par de pitillos de postre y a la cama. Esa era mi cena. Dieta mediterránea. Todo esto después de un año y medio sin beber ni una gota. Mejor marca personal hasta la fecha.

Hasta ayer.

De todas formas, era cuestión de tiempo.

La recaída se había ido incubando y, una vez que el mecanismo se pone en marcha, mi capacidad para evitarla no es superior a la que tiene un enfermo de cáncer de eludir la temible metástasis.

Es un cáncer de voluntad sin tumor base. Y ataca por igual a voluntades débiles y fuertes. Tú puedes haber decidido dejar de beber, de drogarte, de jugar al póker, o de realizar cualquier actividad compulsiva que te obsesione, cada uno tiene su propia selva. Pero más te vale hilar fino para esquivar la llamada, porque en el momento en que la metástasis ataque, la voluntad cede. Así de sencillo. El que dijo aquello de querer es poder merece un nicho en el cementerio de la ignorancia.

El tratamiento es menos brusco: no hay operaciones quirúrgicas para extirpar tumores, no hay una brutal quimioterapia que te abrase; pero, como contrapartida, es más sutil, menos preciso, más abierto a interpretaciones, no es único. Y eso es peligroso.

 

Suena el teléfono. ¿Dónde?

Me incorporo y lo busco. Allí está, bajo la mesa, al lado de una de sus cuatro patas. Dios, será del trabajo. Son las once, hace dos horas que tendría que estar allí. No me paro a pensar en que no estoy capacitado para hablar con nadie, en que me lo van a notar, y en un acto casi reflejo respondo:

―¿Sí? ―acierto a decir.

No hay respuesta.

―¿Quién es? ―balbuceo. Dios mío, ¿esa voz sale de mi cuerpo?

Después de unos segundos, cuelgan. Miro el número que ha hecho la llamada. Número oculto.

Esa llamada incrementa mi inquietud y la pesadilla se va haciendo cada vez más insoportable, pero tengo que guardar la calma. Una llamada desde un número oculto no significa nada, pero en este estado siempre me vuelvo muy paranoico.

El estudiante de acupuntura se cansó del cerebro y está jugueteando con el estómago, que en mi cuerpo ostenta el título de Sede Oficial de Ansiedad y Angustia.

Tengo que llamar al trabajo e inventarme cualquier excusa, pero no sé si soy capaz de hablar. Debo de haber dormido una media hora y tengo una terrible sensación de resaca y, sobre todo, de bajón de la coca.

Esta es una de las peores sensaciones que puede experimentar el ser humano. Estoy exagerando, claro. Hablo desde mi experiencia, nunca me han torturado. Y además hay gente que lo lleva mejor. A mí la coca me pone como una moto, me invade una sensación de bienestar no comparable a nada. Un buen polvo me causa tanto placer como una inocente caricia en la mano si se compara con lo que me provoca la cocaína. Pero esa sensación no es para siempre, y lo que viene después tampoco es comparable a nada.

El bajón está protagonizado por dos personajes: el primero se llama A Tomar por Culo el bienestar que te provoca la demente danza que ejecutan los neurotransmisores del cerebro; y el segundo, Te Vas a Joder con las taquicardias y con todo ese caos fisiológico, que hasta ahora te pasaba desapercibido por lo puesto que ibas.

Por tanto, para evitar la aparición de A Tomar por Culo y Te Vas a Joder, no puedo parar de drogarme una vez que empiezo, y todo se convierte en una inevitable carrera hacia el abismo. Y, por eso, ahora mismo necesitaría una raya, por lo menos para poder llamar al trabajo, y después dormir.

Dormir. ¿A quién quiero engañar? Lo de dormir ayer fue un milagro. Me tuve que beber media botella de whisky nada más llegar a casa, y aun con esas he conseguido dormir media hora.

Busco en los bolsillos por si quedan restos de la noche. Los vacío sobre la mesa, desesperado: cigarros rotos, tarjetas, algunas monedas… Nada de coca. Tal vez en la mesa, donde me preparé las últimas rayas. Ni una pequeña piedra. Ni una minúscula mota de polvo blanco.

Desesperado, me arrodillo y busco en el suelo. ¿Acaso estoy rezando? ¿Implorando al dios de la Droga? Veo mis manos, las puntas de los dedos tienen sangre seca, de mi nariz, supongo. De momento no quiero verme la cara. No estoy preparado.

Si al menos tuviera algo de alcohol para calmar esta angustia, pero todas las botellas que hay a mi alrededor, varias de cerveza y una de whisky, están vacías.

Tengo que llamar al trabajo. Sin esa preocupación todo será un poco menos difícil, pero antes de que pueda marcar el número suena el telefonillo.

Vale. Habrá venido Satanás a explicarme cómo va esto del infierno.

Supongo que será el cartero, pero no puedo evitar ponerme en guardia. El ritmo cardíaco va a tope, el estudiante de acupuntura me sigue jodiendo el estómago, pero ahora una aguja se le escapa y me toca el corazón. ¿Me dará un infarto? ¿Me voy a morir ahora? Contemplo una muerte inminente como una posibilidad más que real. No estoy seguro de que mi cuerpo sea capaz de aguantar. ¿Cuánto tardarán en encontrar mi cadáver?, ¿será mi madre la que lo encuentre cuando se presente aquí alarmada porque no contesto a sus llamadas? La veo gritando, volviéndose loca, cruzando esa línea en la que los vivos se convierten en muertos antes de morir.

Suena otra vez el telefonillo.

Me acerco a la puerta de entrada y lo descuelgo. Por la cámara no se ve a nadie.

―¿Hola? ―digo.

No hay respuesta. Lo que faltaba. Antes el móvil, ahora esto. ¿Ha ocurrido algo ayer por lo que me puedan estar buscando? No, no recuerdo nada que me haga pensar eso. Tengo que tranquilizarme. Habrá sido el cartero.

Pero oigo el ascensor, se acerca, está subiendo.

Me tiemblan las manos. No sé si voy a soportarlo ni un segundo más, creo que estoy a punto de desmayarme.

Dios mío, ¿cómo he llegado a esto?

 

La pierna de mi padre en la ventana. Amenaza con saltar y yo no soy capaz de mirarlo. Me escondo, pero ¿dónde? Y mamá, ¿qué hace mamá? La niebla no permite recordar con claridad.

Todavía no sé nada sobre el cáncer de voluntad. Tengo seis o siete años, qué coño voy a saber, no sé nada. Excepto una cosa, a mí jamás me pasará lo mismo. Eso es obvio.

A los catorce años pruebo el dulce veneno por primera vez. Una botella de vino. El alcohol me saca de una realidad cada vez más molesta, me da fuerza, me convierte en otro. Me gusta. Que empiece la fiesta.

El veneno tiene múltiples caras: hachís, marihuana, pastillas ilegales, pastillas legales y por supuesto alcohol y cocaína. Los monarcas de un reino cuyo único destino es el exterminio.

Beber y drogarme se convierten en dos de las cosas que más me gusta hacer en la vida.

El lobo de Wall Street, en versión cutre: La comadreja de la Gran Vía.

Oigo el ascensor muy cerca, está llegando. ¿Pasará de largo? No, se para en mi planta. No me atrevo a ir hasta la puerta para ojear por la mirilla quién sale y me quedo quieto, ya que no quiero que me oigan ni respirar. Se abre la puerta del ascensor y se oyen pasos. Los pasos se detienen y suena un tintineo metálico, llaves. Alguien introduce una llave en la cerradura.

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Un comentario en “Primeras páginas de ‘La gabardina azul’

  1. Patri

    Hasta ahora ya has conseguido un excelente resultado. Ojalá puedas recoger lo que has sembrado en forma de premio. Mucha suerte y felicidades por esas merecidas valoraciones de Amazon.

    Me gusta

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