Enfermos mentales, ¿dónde está nuestra mente?

Abraham Lincoln fue un gran presidente de los Estados Unidos, conocido principalmente por ganar la guerra de Secesión y abolir la esclavitud.

También fue un ser humano. Un enfermo mental que contempló el suicidio, porque se sentía terriblemente desdichado:

“Si lo que siento se distribuyera por igual a todo el género humano, no existiría un solo rostro alegre sobre la Tierra. No sé si alguna vez estaré mejor; tengo el horrible presentimiento de que no. Continuar así es imposible. Debo mejorar o morir”

Mejoró, y con él el mundo.

Instrumental, libro autobiográfico del músico británico James Rhodes, ha sido ampliamente elogiado. Se trata de un abrumador testimonio del abuso infantil y de la posterior locura del que lo ha sufrido (como tantas otras, debo esa lectura a la recomendación de la admirable y maravillosa Rosa Montero). Trata también de su salvación gracias a la música. Rhodes se convirtió en una especie de bicho raro dentro del tradicional, estático y elitista mundo de la música clásica, reventando muchas de las estúpidas y engreídas normas de esa suerte de mafia clasista.

James-Rhodes
James Rhodes

El libro de Rhodes es cojonudo, su escritura desgarradora y su humor brillante. En sus páginas el músico intenta suicidarse en varias ocasiones. A una de ellas le pone el nombre de Benny Hill en el pabellón psiquiátrico.

Mientras disfrutaba de uno de sus ingresos en una clínica psiquiátrica, Rhodes, que siempre tenía a un enfermero cerca, no disponía de cuchillas ni de objetos punzantes, así que pensó en ahorcarse. Aprovechó un despiste de su guardaespaldas para hacerse con el cable de una televisión, entró en el baño, hizo un nudo, metió la cabeza y saltó.

“La cosa de ahorcarse es que no te estrangulas… Noté que me empezaba a ahogar… Así que estaba literalmente colgado del techo de mi baño y empezando a perder la consciencia cuando la puerta se abrió de golpe y entró mi enfermero… Estábamos bailando juntos esa especie de baile de pirados cuando entraron a toda prisa más celadores… Caí en sus brazos, salí corriendo del baño y en bóxers, con el cable de la tele colgándome del cuello como si estuviéramos en un pretencioso desfile de moda, y eché a correr por el pasillo buscando la salida, mientras todos los enfermeros me perseguían”

El brillante escritor y psicólogo, finalista del Pulitzer, y también suicida frustrado, Andrew Solomon, da una importante clave:

“Sentir vergüenza nos impide contar nuestras historias y las historias son la base de la identidad”

James Rhodes dejó atrás la vergüenza y contó su historia. Para todos los que la sentimos, la vergüenza puede llegar a ser un arma muy poderosa y autodestructiva.

Yo nunca he estado cerca de suicidarme. Hay una razón que por sí sola basta para ello. Mi madre. Las personas que me quieren de verdad.

Incluso si no fuera a causarles un sufrimiento tan brutal a estas personas, dudo que hubiera tenido el coraje de hacerlo. Como dice Matt Haig, escritor británico y autor del excelente libro Razones para seguir viviendo, que ha superado una grave depresión y, el sí, estuvo a punto de suicidarse.

“El miedo a la muerte sigue siendo el mismo. La única diferencia es que la vida duele cada vez más. Así que cuando alguien se quita la vida es importante saber que la muerte le seguía asustando igual”

Como digo, nunca he estado cerca, pero en algún momento sí he fantaseado con hacerlo. El dolor ha llegado a ser insoportable mientras tocaba a dos manos el concierto nº 2 para intestino de Wagner, retorciéndome en la cama y con una atrayente ventana diciéndome: deja de tocar esa puta mierda y salta, jodido llorica. Un dolor que nadie ve, un dolor no oficial, porque no tienes un tumor, ningún hueso roto, no hay restos de sangre… ¿Qué cojones le pasa al tonto ese que toca el intestino? Que se le va la olla.

Enfermedad mental. Dolor máximo. Angustia infinita.

Hablar de esto no es como hablar sobre los kilos que has cogido esta primavera y que te van a joder en la playa. Esto te estigmatiza: el suicidio (bueno, el suicidio hace algo más que estigmatizarte, es una actividad muy completa), las enfermedades mentales… La madurez de nuestra avanzada sociedad da para que los americanos puedan lanzar bombas desde aviones no pilotados en cualquier parte del mundo con gran precisión, pero no llega ni de lejos para comprender ciertas cosas, ¿verdad Ruby?

Ruby Wax, humorista, escritora y psicoterapeuta británica, con serios problemas depresivos, estudiosa de la salud mental y experta en mindfulness, dio esta interesante y divertida charla en TED (gracias TED, por todo ese banco de sabiduría), que termina con un reivindicativo:

“Y ya que estamos, ¿podemos parar la estigmatización? Gracias”

En mis quince años trabajados (tengo treinta y ocho), tuve que estar de baja laboral durante algunos meses, debido a algún tipo de trastorno o enfermedad mental, como la depresión o la ansiedad… (ya entraremos en detalle en otro post; no estoy preparado, pequeña). Y no os imagináis lo difícil que fue. Y más difícil habría sido si nuestro maravilloso gobierno no hubiera decidido hace cinco años penalizar la enfermedad y quitarte un buen pellizco de la nómina; antes, cuando cobrabas íntegramente desde el primer día de la baja (qué despilfarro, cosas de socialdemócratas buenistas), imagino que irías al médico con el parte en una mano y las esposas en la otra (por farsante y caradura). Debido al estigma que pesa sobre ello, por muy mal que estuviera en aquellos momentos, me resistía a estar de baja, deseé muy sinceramente tener un tumor en el colon, un tobillo roto, algo que se pudiera comprobar. Algo que no marcara una estrella de David sobre mí. Loco.

James Rhodes, Matt Haig, Ruby Wax y tantos otros son testimonios vivos de que hay esperanza, de que se puede salir de los más hondos agujeros si uno se apoya en las cosas y en las personas que le hacen sentir realmente bien.

A Rhodes lo salvaron la música y el amor; Ruby Wax apuesta claramente, en su libro Domestica tu mente, por el mindfulness (sin descartar otras vías) y Haig, a cuya obra Razones para seguir viviendo no le sobra ni una palabra (lo que le sobra es talento, inteligencia y precisión en la mirada), lo salvaron el amor y los libros, además de un montón de cosas más: correr, escribir, hablar, el mindfulness, el yoga…

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Matt Haig con su excelente libro.

La lucha, el levantarse una y otra vez, es extremadamente dura. Has realizado un esfuerzo brutal, te has puesto en pie de nuevo, y te golpean (te golpeas) otra vez, más fuerte. Al caer, tu cabeza da contra el suelo haciendo el agujero cada vez más profundo mientras la superficie se va cerrando, asfixiándote y dejándote sin hueco para volver al exterior. Pero hay que echarle huevos y no rendirse, salir y ser mejor, para ti mismo y para las personas que quieres. Ser mejor.

La vida puede ser maravillosa y es posible que un dolor insoportable e inadmitible sea la gasolina que necesitas para hacer los cambios necesarios y convertir una existencia que habría sido mediocre en una experiencia única. Que sea un dolor trascendental. Es posible.

Ya estaba convencido, antes de leer a Rhodes, Haig y otros personajes torturados como el tenista Andre Agassi (su autobiografía, escrita por el Pulitzer J. R. Moehringer, que no figura en los créditos como autor, es memorable, corred a comprar Open), de que el arma más valiosa es el poder del amor: el amor que das y el amor que recibes. Esas personitas que están en tu vida, con las que conectas de verdad, y que multiplican por un millón la calidad de tu existencia. Las buenas conversaciones, la intimidad (entendida de manera amplia) con otras personas. Amor.

Estoy empezando con esto del mindfulness (práctica de la atención plena), una especie de meditación laica que el Dr. Jon Kabat-Zinn introdujo en occidente. Tiene una pinta estupenda para controlar nuestras mentes, para ser capaces de gobernar el cerebro. Una enorme cantidad de estudios científicos avalan su eficacia. Pero, eso sí, no es magia, hay que trabajárselo día a día, cuanto más mejor, ser constante.

Y conozco de sobra el poder salvador del sol, del deporte, de leer, de escribir, del cine, de las benditas series de televisión… Por cierto, en la última que he visto, en la muy notable The Leftovers, el protagonista lucha por no perder la cabeza, lucha, entre otras cosas, contra esas voces que oye en su cerebro. ¿Quién está hablando? Su lucha está magníficamente acompañada por la obra maestra de los Pixies, Where is my mind? Durante la redacción de este artículo me he visto obligado a escuchar una y otra vez esta genial canción, porque:

¿Dónde está mi mente?, ¿dónde está nuestra mente? Where is my mind?

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5 comentarios en “Enfermos mentales, ¿dónde está nuestra mente?

  1. alejandrorodriguez2016

    “…tradicional, estático y elitista mundo de la música clásica, reventando muchas de las estúpidas y engreídas normas de esa suerte de mafia clasista.” Así me gusta, con buen rollito, haciendo amigos Cid!
    Coincido, el sufrimiento es la gasolina. El amor es el motor, el coche todo, la carretera… hasta las ladillas del camionero que adelantas.
    Gran post (as always)

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias Alejandro, salió de dentro! Eso de que el sufrimiento es la gasolina se lo he escuchado a alguien más de una vez (y no miro a nadie).
      No creo que me lean los de esa mafia, je, je… El que seguro que no hizo muchos amigos en ese mundillo fue James Rhodes, y no creo que le pese mucho.

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  2. Emma

    asainceramente me parece un post excelente. Solo leí a Rhodes, y el mundillo de la música clásica es así, me parece (recuerdo apuntarme con más gente a los conciertos de solistas en el teatro Real de Madrid, un invierno, y los conciertos muy bien, el ambiente para mi era algo “cortesano”; aunque había de todo, éramos minoria los “mal vestidos”, lo no vestidos para la ocasión como público. Al menos me quedó el recuerdo de algunos solistas muy buenos, pero el ambiente que los rodeaba parecía eso: encorsetado) . A los otros dos no los he leido, pero me gusta eso de “Y ya que estamos, ¿podemos parar la estigmatización? Gracias”. Una gran verdad.
    Sobra, supongo con el sufrimiento individual, como para encima llevar etiquetas.
    Saludos.

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