‘Álex y el CD’ (relato)

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Clásicos de Amor

Conocí a Álex hace justo un año, cuando empezamos a compartir piso.

Yo acababa de llegar a Vigo. Una oportunidad para empezar de nuevo, pero sobre todo una oportunidad para escapar. Para olvidar y ser olvidado.

Huir.

Todavía tenía unas semanas hasta empezar en el trabajo y llevaba varios días durmiendo en un hotelucho de la plaza de la Iglesia. Enseguida me enamoré de ese lugar. La gente la conoce como plaza de la Colegiata, nombre que recibe de la iglesia que la preside. Odio las iglesias por dentro, esa sensación del peor aburrimiento, de falta de vida, ese olor rancio, esos recuerdos… Pero en este caso el alma está fuera. La gente comulga en los escalones que dan acceso a la iglesia con cervezas y vinos de un par de bares cercanos. La iglesia es la involuntaria terraza, en la que decenas de personas dan vida a lo mejor de la ciudad.

Durante esos primeros días mi rutina diaria consistía en levantarme a las diez de la mañana, salir a la calle y dar un pequeño paseo por el Casco Vello. Recuerdo con nostalgia lo bien que me sentía cuando el frescor de la mañana me acariciaba levemente el rostro. En la plaza de la Constitución, me sentaba a desayunar, cogía el periódico local, El Faro de Vigo, y buscaba anuncios de gente que quisiera compartir piso.

Parecía que la diosa Fortuna por fin comenzaba a sonreírme, y esos primeros días fui feliz por primera vez en mi vida. No sabría decir por qué, no tenía grandes motivos, nada de interés me sucedió.

De eso se trataba. Nada.

Por primera vez en mi vida no ocurría nada. Y si se trataba de mi vida, eso era lo mejor que podía pasar: nada.

Ni siquiera las pesadillas. Es raro ser feliz, es una sensación de calma de una extraña intensidad. Lo mejor de todo es que no parecía posible que las cosas pudieran ser de otra forma, no parecía posible ser desgraciado. Y tiene gracia que eso lo diga yo.

El tercer o cuarto día encontré el anuncio de Álex en el periódico. Alquilaba una habitación en la calle Carral por 250 euros. Era una calle cercana al hotel donde me alojaba. Y no lo dudé.

Esa misma tarde Álex me enseñó el piso. No estaba nada mal, aunque era pequeño. Mi habitación estaría pegada a la suya, y el salón tampoco muy apartado. Álex no me causó ninguna impresión, ni buena ni mala, lo cual deja mi capacidad intuitiva a la altura de mi experiencia sexual con mujeres no profesionales.

En mi turbia relación con Álex hubo un detalle clave: estoy gordo.

No extremadamente gordo. Me sobran unos kilos, simplemente. Pero eso a Álex le daba igual. No era un tío que se parara mucho en los matices. No entendía de sutilezas.

Álex tampoco era de los que necesitara mucho tiempo para tomarse confianzas, y a las dos semanas ya me había bautizado.

—Eh, gordo, ¿cómo te va? Eh, gordo, ¿qué tal el curro? Eh, gordo, ¿unas pizzas? ¿Ponemos dos? Una y media para ti… Es broma, gordo…

Me cago en su puta madre. Álex era rubio y de ojos azules. Medía uno ochenta y cinco e iba al gimnasio todos los días. Decían que estaba bastante bueno. No sé. A mí no me gustaba. Soy gordo, pero no maricón.

Álex llevaba a casa una media de dos tías a la semana. Yo, una media de dos cada seis meses, contando a mi madre y a mi abuela.

Álex no era un tío culto. No leía libros, no veía películas y no escuchaba música. Salvo cuando venía con una de sus conquistas. Tenía un CD para la ocasión. Siempre el mismo CD con las mismas putas canciones: Clásicos de amor. Las canciones no eran malas: Elvis, Sinatra, Rod Stewart… pero a los dos meses empezaron a provocarme serios trastornos.

Como Álex tampoco era un tío considerado, las ponía a todo volumen. Tuve que probar con varios modelos de tapones para los oídos, y ni así dejaba de oírlas. Le pedí por favor que las pusiera más bajas, y entonces fue peor, joder. Empecé a escucharlas a ELLAS. Todas gritaban. Todas gritaban mucho.

Cuando se iban, siempre la misma historia:

—Eh, gordo, ¿te gusta mi nueva adquisición? Eh, gordo, ¿esta qué tal? Parecía una mosquita muerta, pero no veas en la cama…

Muchas eran del gimnasio. Álex iba a un gimnasio pijo, muy moderno, que había en el centro comercial A Laxe, construido en pleno puerto. Al parecer, tenía un jacuzzi con vistas a la ría que a Álex le servía para mucho más que para relajarse.

—Apúntate, gordo. Seguro que sacas algo en limpio. Y de paso, bajas algo esa barriga.

Hacía tiempo que eso lo daba por perdido. Siempre y cuando tuviera algún sobrante económico, tenía sexo. De lo contrario recurría a mi pareja estable: la mano derecha. Mis posibilidades de ligar no eran superiores a las que tenía una rata callejera moribunda de ser adoptada por una anciana amante de los animales. Y en ese gimnasio todavía eran más reducidas. Apostaría por la rata. Seguro.

Al puerto de Vigo llegan frecuentemente cruceros. Los pasajeros bajan durante unas horas y es habitual encontrarlos consultando mapas y haciendo fotos por la zona. En su mayoría son jubilados, y es raro descubrir gente joven. Da igual. Álex se las arreglaba. Una tarde llegué a casa especialmente quemado después de un día muy malo en el trabajo, y allí estaba una jodida rubia alemana casi perfecta, disfrutando mientras sonaba Strangers in the Night. Unas horas fuera del barco. Eso era suficiente para Álex.

Pero aún tenía que caer la gota que colmó el vaso, y más que colmarlo podríamos decir que lo deshizo como si fuera una puta gota de ácido sulfúrico.  Las únicas tías para las que yo no era totalmente invisible eran las voluntarias de las ONG, que están dando el coñazo a todo dios en la calle Príncipe. La mayoría de la gente no les hace caso, y un día se me ocurrió la brillante idea de escuchar el rollo que soltaban, e intentar coquetear un poco con una de ellas. La chica me sonreía, y realmente creí por unos minutos que tenía una oportunidad. Solté por mi boquita, medio en broma, medio en serio, e intentando parecer gracioso:

—Venga, te invito a cenar un día, y me cuentas más detalles.

No dijo nada. No hizo falta. Me destrozó con una mirada que no merecería ni el más depravado violador. Asco. Asco. Sus ojos no veían, disparaban asco… Aunque ya estoy acostumbrado al fracaso, me encontraba en un estado de especial sensibilidad, y este episodio me afectó tanto que al llegar a casa se lo conté a Álex para desahogar. Mi sorpresa fue enorme cuando vi que Álex me escuchaba y me comprendía.

—Gordo. Ella se lo pierde. Tienes que quererte un poquito más.

Me dieron ganas de abrazarlo. ¿Me había equivocado con él? ¿Mi aversión era fruto de una envidia enfermiza? Error.

Dos días después llegué a casa y me encontré la puerta medio abierta, y ropa en el pasillo. Ni siquiera habían podido llegar a la habitación vestidos. Esta vez sonaba Love me Tender, pero lo que realmente sonaba eran los aullidos de la chica. Era simplemente brutal. Los gritos no parecían reales. Me empecé a marear, todo daba vueltas, me apoyé en el sofá y allí estaba una carpeta de la ONG Save the Children. Sentí náuseas. Si me hubiera quedado allí me habría desmayado. Salí dando tumbos de casa y corrí hasta que estuve suficientemente lejos. No llegué a ver a la chica. Ni falta que hace. Sé perfectamente quién era.

Estaba empezando a odiar esta jodida ciudad, que ahora mostraba su reverso cruel. Dos meses hacía que no salía el sol. Tormentas, viento, furia… Todo estaba perfectamente orquestado y había una coherencia sin fisuras. Pero yo no iba a permitirlo. Se lo debía al recuerdo de aquellos primeros días felices.  Tenía que hacer ALGO.

Y no cualquier cosa, tenía que hacer algo de verdad importante, algo que permitiera que todo volviera a ser como antes. Como antes de conocer a Álex. Como si Álex nunca hubiera existido.

La idea se me ocurrió mientras Álex estaba con la última tía que lo disfrutó. Y la idea creció, se hizo fuerte y adquirió nuevas formas. Hasta que llegó el gran día.

Matarlo fue fácil. Todo muy limpio. Sin complicaciones. Solo me tuve que tomar alguna pequeña molestia para ponerle la guinda al pastel. Los agujeros de los CD son pequeños y usé unas tijeras para hacerlo un poco más grande. Meter a Álex por el agujero fue coser y cantar. Al fin y al cabo él era muy bueno con esas cosas, y hay que decir a su favor que es de los que saben ganar batallas después de muerto.

El CD ya no suena, pero joder, ha tenido un destino heroico. Daba gusto verlo coronando a su rey.

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