Enfermos mentales, ¿dónde está nuestra mente?

Abraham Lincoln fue un gran presidente de los Estados Unidos, conocido principalmente por ganar la guerra de Secesión y abolir la esclavitud.

También fue un ser humano. Un enfermo mental que contempló el suicidio, porque se sentía terriblemente desdichado:

“Si lo que siento se distribuyera por igual a todo el género humano, no existiría un solo rostro alegre sobre la Tierra. No sé si alguna vez estaré mejor; tengo el horrible presentimiento de que no. Continuar así es imposible. Debo mejorar o morir”

Mejoró, y con él el mundo.

Instrumental, libro autobiográfico del músico británico James Rhodes, ha sido ampliamente elogiado. Se trata de un abrumador testimonio del abuso infantil y de la posterior locura del que lo ha sufrido (como tantas otras, debo esa lectura a la recomendación de la admirable y maravillosa Rosa Montero). Trata también de su salvación gracias a la música. Rhodes se convirtió en una especie de bicho raro dentro del tradicional, estático y elitista mundo de la música clásica, reventando muchas de las estúpidas y engreídas normas de esa suerte de mafia clasista.

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James Rhodes

El libro de Rhodes es cojonudo, su escritura desgarradora y su humor brillante. En sus páginas el músico intenta suicidarse en varias ocasiones. A una de ellas le pone el nombre de Benny Hill en el pabellón psiquiátrico. Seguir leyendo “Enfermos mentales, ¿dónde está nuestra mente?”

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Una entrevista surrealista y un poco de psicología I

En primer lugar, quiero agradecer, y mucho,  a todos los magníficos periodistas que me han entrevistado, y se han hecho eco de la trayectoria de La gabardina azul. Han sido muy importantes para hacer visible la novela.

Amo el periodismo, por desgracia muy deteriorado desde la crisis, o ya antes (pero esa es otra historia).

De hecho, mi admirado tío, un ex periodista llamado Antonio Sánchez Lorenzo, ahora escritor y administrador del magnífico blog cita a las diez, ha sido una ayuda tan bestial en el proceso de edición, corrección (y tantas cosas más) de la novela, que me quedo sin palabras para agradecérselo. Es un genio. Y ahora me dirá que tantos elogios son innecesarios… Es lo que hay.

Vayamos al grano.

Hace unas semanas recibí la llamada de una periodista. Para preservar su identidad, no incluyo su entrevista en el apartado correspondiente.

El objetivo era hacerme una entrevista porque mi novela La gabardina azul estaba obteniendo muy buenos resultados en Amazon, y en el concurso Indie que organiza dicho gigante. Seguir leyendo “Una entrevista surrealista y un poco de psicología I”

Los adictos en ‘La gabardina azul’ y en otras obras de ficción, o no.

La gabardina azul, oscuro thriller ambientado en Vigo, se puede conseguir ya en librerías. También por internet en La casa del libro, FNAC, El corte inglés, Amazon… Tanto la edición en papel de tapa dura como en formato digital. El siguiente enlace es de Amazon:

Comprar La gabardina azul.

Como algunos ya sabéis, La gabardina azul es una novela negra, con una oscura trama de suspense, pero en ella hay un tema que cobra especial importancia, y del que quiero hablar en esta entrada. La adicción. Dos personajes son adictos. Por un lado está la bella prostituta Noa, y por otro, Roberto, el protagonista, un adicto que lleva unos años intentando recuperarse. Recae brutalmente en su adicción y se ve envuelto en una trágica historia, de la que muy probablemente no saldrá bien parado. O sí. Lo veremos. La vida es imprevisible. La ficción debería serlo también.

Aprovechando, me  gustaría hablar aquí de algunos de mis adictos favoritos, y digo algunos, porque a medida que he ido escribiendo el artículo, he visto claramente que necesitaría no un post, sino un libro entero.

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Philip Seymour Hoffman

Voy a empezar con quizás el mejor actor de las últimas décadas, y uno de los mejores de todos los tiempos, que, por cierto, tiene un lugar en algunos diálogos de La gabardina azul. Se llamaba Philip Seymour Hoffman. Hemos perdido a alguien enorme. Hemos perdido a un genio.

La actriz Rubin-Vega, amiga de Seymour Hoffman, dice lo siguiente:

“Llevaba sobrio más de 22 años, eso hace falta que la gente lo sepa para que entiendan que tenía una enfermedad grave; lo que ha pasado no tiene que ver con la clase de persona que era, él quería muchísimo a su familia, a sus hijos, a su pareja. No importa qué clase de inteligencia o éxito tengas, no depende de ti”,

Brandon (un gran Michael Fassbender), en la extraordinaria, difícil y dura Shame, interpreta a un adicto al sexo, un personaje brillantemente construido tanto desde el guion, la dirección como desde ese pedazo actor. Hay un momento, de los varios que se me han quedado en la memoria, que ilustra claramente lo que es la adicción. Brandon, un heterosexual incapaz de tener una relación normal (con una compañera de trabajo que le gusta, por ejemplo) acaba metiéndose en un bar de gais y follándose a un tipo. El problema aquí no es follarse a un tipo, algo que me parece estupendo. El problema es que no quiere hacerlo. Es puro sufrimiento, es muerte en vida. No puedo hablar de esta película sin hablar de esa gran actriz llamada Carey Mulligan, que interpreta a la hermana de Fassbender en otro personaje memorable.

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Michael Fassbender y Carey Mulligan en Shame

Hay una película mucho más comercial, más calculada, pero que a mí personalmente me entusiasma. Se llama El vuelo, y es de Robert Zemeckis. Tiene un toque Hollywood que puede sobrarle, pero me encanta. Aquí el adicto es el comandante Whip Whitaker (Denzel Washington), un piloto de avión, que con una resaca monumental y un desayuno poco convencional a base de drogas, se pone a pilotar un avión de pasajeros. No quiero descubrir nada por si alguien no la ha visto, pero destacaría un momento: parece que las cosas se van arreglando, después de enormes problemas, Whip está en la habitación del hotel la noche anterior al juicio, todo ha ido mejorando, y en un momento determinado ve una botella en el mueble bar, duda, y, si queréis saber lo que sucede…

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El vuelo

Solo las he visto una vez, pero, a los que no las hayáis visto, os las recomiendo encarecidamente. Shame es una peli difícil, y es una recomendación arriesgada, pero, aun así, me arriesgo. Merece la pena. Tengo ganas de volver a verlas. Ya.

Otra que recomiendo vehementemente, y esta sí la he visto varias veces, es Cosas que perdimos en el fuego, un film que habla muy bien del poder curador del amor. Aquí el que interpreta al adicto es el potente Benicio del Toro.

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Benicio del Toro

Hablando de amor, Alejandro Rodríguez, un adicto recuperado, un enorme terapeuta gallego, autor de varios libros, un tipo culto, que sabe mucho de esto, y que sigue en constante formación (director del Instituto Terapéutico Gallego) comenta a menudo que habría que inventar palabras, que las que existen no son suficientes para explicar el sufrimiento de los adictos. Eso sí, muchas veces habla del amor como una de las claves parar recuperarse.

Hay varias palabras más, se llaman amor, esperanza, compasión, lucha, resiliencia, cambio, ausencia de resentimiento, valentía… Pero, sobre todo, AMOR. El puto amor es la clave.

Hablando de adictos de ficción, no me quiero olvidar de Bubbles, ese informador de la policía en The Wire. Este personaje es tan bueno que no es un personaje. Es un yonky, y como tal, miente, roba, manipula, pero ante todo es una jodida persona, un tipo que tiene algo dentro, algo bueno, algo grande. Odio los spoilers, pero solo digo que la evolución de este personaje en todas las temporadas es auténticamente sutil, está llena de matices  y consigue que veamos un alma hermosa en el estercolero. Bubbles es genuino, y es uno de los mejores personajes secundarios que haya dado el cine (The Wire es cine, el mejor cine).

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Bubbles en The Wire

Hay muchos, muchos más (Lemmon en Días de vino y rosas, por poner uno de los ejemplos en los que se ha tratado la adicción de forma más realista, Nicolas Cage en Leaving Las Vegas, Leo di Caprio en El lobo de Wall Street) ¿En cuáles estáis pensando vosotros?

Creo recordar (y me puede fallar la memoria), que excepto Brandon (Fassbender), todos estos personajes pasan por terapias de grupo, grupos de Alcohólicos Anónimos o similares, grupos que también tienen su protagonismo en mi novela. Que estos grupos salgan bien parados o no en La gabardina azul es algo que tendréis que descubrir.

La adicción no es una juerga, aunque hay mucha ignorancia al respecto, la adicción es la enfermedad de la autodestrucción. Como dice Arnold Washton, uno de los mayores expertos mundiales, autor del extraordinario libro Querer no es poder:

“El adicto es incapaz de controlar la enfermedad. Por consiguiente, no es cierto que “podría dejar la droga si realmente lo quisiera”. Creer esto es como creer que una persona podría dejar de tener cardiopatía o diabetes si se lo propusiera.”

Normalmente, o eso dicen grandes expertos como Washton, los adictos recuperados llevan una vida mucho más feliz que la mayoría de la población. ¿Por qué? Porque se han visto obligados a transformarse, a cambiar de verdad. Pero no generalicemos, hay gente muy feliz, adictos recuperados o no adictos (en mi humilde opinión, y en la de otros que saben más que yo, un porcentaje muy bajo de la población lo es, la mayoría simplemente va tirando, en el mejor de los casos)

Washton también da otra clave. Los adictos son responsables y se tienen que hacer cargo.

“El adicto no es responsable de tener la enfermedad adictiva, pero es responsable de su conducta y su recuperación.”

En La gabardina azul, ¿lo conseguirá Roberto, nuestro enfermo protagonista? ¿Lo conseguirá Noa, la bella y especial prostituta? ¿Esta historia es real? ¿Es ficción? ¿Tiene algo de ambas? Estoy  deseando saber vuestras opiniones.

El otro día leí algún capítulo de la biografía del hombre que hizo esa cosa tan maravillosa llamada Layla, y tantas otras, un genio rebosante de talento, fama, con amigos de verdad y un montón de relaciones con mujeres hermosas. Pero era un adicto, y sufrió como un perro. La adicción es democrática, como muchas otras enfermedades.

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Eric Clapton

Un día Eric Clapton cayó al suelo de rodillas y entre llantos pidió a Dios que le ayudase, que no le abandonase.

“Lo que me salvó la vida fue el amor incondicional y la comprensión que recibí de amigos y de compañeros del programa de los Doce Pasos. Caí de rodillas y pedí auxilio para mantenerme sobrio”

Su hijo murió con cinco años al caerse de un edificio.

“Si puedo pasar por esto y seguir sobrio, entonces cualquiera puede”

 

Somos muertos de permiso

Empiezo con una cita (atribuida a Lenin, pero vete tú a saber), como hace Antonio Sánchez Lorenzo en el magnífico y original blog de citas ajenas Cita a las diez.

La mayoría de nosotros cree que sabe que va a morir. Pero no. No lo sabe. No lo sabemos.

Sí, en un nivel de razonamiento superficial nadie te va a discutir esa obviedad, a no ser en un hospital psiquiátrico. Pero sería absolutamente imposible que fuéramos como somos, que pensásemos como pensamos, que sintiéramos como sentimos, si realmente fuéramos conscientes de que nos vamos a morir, de que estamos aquí de paso.

Como dijo Lenin (o quien fuera), no somos vivos; somos muertos, y esto es un ínfimo sueño. A veces una pesadilla.

La maravillosa y sabia Rosa Montero avisa a navegantes desde uno de sus imprescindibles artículos.

Ah, si de joven yo hubiera sabido que iba a envejecer y que me iba a morir, creo que hubiera vivido de otra manera.

Claro, ella tampoco lo sabía.

Acabo de empezar la tercera temporada de A dos metros bajo tierra, magnífica serie que estoy devorando. He llegado tarde (la serie es de 2001), pero ha merecido la pena.

Los protagonistas son los cuatro miembros vivos (de momento) de la familia Fisher, propietarios de una funeraria que se aloja en su propia casa.

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A dos metros bajo tierra

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Es el pensamiento, estúpido

Este es mi actual mantra.

Una nueva variante de la frase que popularizaron Bill Clinton y su equipo en las elecciones estadounidenses de 1992: Es la economía, estúpido.

Hace años, mientras estaba en una librería buscando encontrar el Santo Grial de la conquista de la felicidad, descubrí El arte de no amargarse la vida, de Rafael Santandreu, un psicólogo de Barcelona que practica la terapia cognitiva.

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El arte de no amargarse la vida

El libro se convirtió en un bestseller (no porque lo leyera yo) y Santandreu se ha hecho muy popular. Ha escrito, con gran éxito, dos libros más, da conferencias por todo el mundo, colabora en un programa de televisión…

En ese pequeño libro hay mucho. Está casi todo. Y Santandreu lo cuenta muy bien y de forma muy amena. Expone, por ejemplo, dos conceptos claves aplicables a un sinfín de situaciones de la vida cotidiana y que son la causa de todas o la mayoría de nuestras neuras.

Necesititis: Convertimos deseos y preferencias en necesidades. Y esto es una enorme fuente de malestar. La clave es no necesitar nada, solo agua y comida. Se pueden tener deseos, pero ¿por qué necesitamos tener un novio, un buen coche, un gran sueldo o el reconocimiento de los demás? Porque pensamos mal.

Terribilitis: También porque pensamos mal, terribilizamos. Hacemos un drama de cosas que objetivamente no tienen gran importancia, nos quejamos constantemente por nimiedades, morimos de desamor… Pero el hecho es que nada es terrible. Lo peor que nos puede pasar es la muerte. Y, noticia, nos vamos a morir sí o sí. Así que venga, disfrutemos de la vida mientras estemos vivos.

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